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El crepúsculo de los dioses: Miseria de la decadencia del cine


El crepúsculo de los dioses es una película amarga, pero es que la vida en Hollywood que se representa era amarga, y sigue siendo amarga. Norma Desmond era una actriz en decadencia, la actriz que protagonizaba su papel (Gloria Swanson) también lo era y, en general, toda la película tiene ese aire de decadencia de una época en la meca del cine, donde podía habér más estrellas que en el firmamento (lema de la Metro Goldwyn Mayer) o más miseria que en las chabolas de Bombay. Qué casualidad, como ahora (y ustedes ya saben por dónde voy…).

El filme de Billy Wilder (Sunset Blvd., 1950) cuenta, desde el principio, la historia de tres personajes decrépitos. La película se inicia con la huida de Joe Gillis (William Holden, que tras la guerra solo había protagonizado películas de serie B, cuando, antes del conflicto, estaba preparado para ser catapultado a la fama), un guionista en horas bajas, de unos agentes de policía que buscan su coche. Se resguarda en lo que parece una casa abandonada de la ciudad de Hollywood.

Pero en aquella mansión de estilo decimonónico español languidece Norma Desmond (Gloria Swanson), una fulgurante actriz durante la época del cine mudo que ahora se marchita entre las paredes de aquella mansión, amparada tan solo por el misterioso Max (Erich von Stroheim), su mayordomo, un hombre que es incapaz de engañar a su señora y la hace vivir todavía en un mundo de ilusiones que no existe. Norma cree que todavía puede volver a actuar, pero Gillis, al que ha acogido bajo su mecenazgo, le hará ver que la realidad es muy distinta: Hollywood, quien un día se lo dio todo, ahora le ha dado la espalda y prescinde de ella para siempre.

Billy Wilder mostró en su película la cara más oscura de la meca del cine, un lugar que te puede encumbrar a la fama pero también se puede olvidar de ti en cuestión de años. El director judío, junto a Charles Brackett y D.M. Marshman Jr., construyó una metáfora de ese modo de existencia, aunque elementos en la realidad no le faltaban; de hecho, sus personajes parecían un trasunto de los actores que los caracterizaban: además del “destierro” ya comentado al que Holden fue adscrito, Swanson murió en el olvido con la llegada del cine sonoro, como otras tantas actrices cuyas voces chirriaban en la nueva etapa de la Historia del Cine. Por otra parte, von Stronheim fue un director que dirigió a nuestra actriz en su etapa de esplendor y que también fue condenado al ostracismo por sus compañeros de profesión. Wilder tenía los ingredientes perfectos en la realidad para crear una historia verosímil.

La historia de Gloria Swanson (o la de Norma Desmond tanto da) es la historia de muchas películas e intérpretes que conocieron su momento de éxito y, en cuestión de segundos, dejaron de saborear las mieles del éxito. Es el horror de Hollywood, en el que nada es eterno, y mucho menos la fama o la gloria. Hablamos de El crepúsculo de los dioses en este momento porque esta semana se han repartido los premios Oscar que concede esa meca del cine que se levanta entre las colinas de Hollywood y han premiado una película indie, Slumdog Millionaire, que cuenta la vida de un joven hindú que se ha criado en los suburbios de su ciudad y que, inexplicablemente, se ha hecho con el premio mayor de la versión nacional del concurso ¿Quién quiere ser millionario?. Una película que ha sido rodada con escaso presupuesto en la India y que, a pesar de que había muchas quinielas que la daban por favorita, estaba en clara pugna con El curioso caso de Benjamin Button. Y me he acordado porque El País publicaba que su protagonista iba a trabajar con Woody Allen en su próximo film, y entonces me pregunté qué hubiese sido de esta actriz sin este papel o sin esas ocho estatuillas (sí, más bien sin los galardones).

Y es que los Oscar encumbran… o estigman para toda la vida. Y puedes ser el más grande y estar al día siguiente enfangado en el barro, como los protagonistas de nuestra película. Un premio no lo garantiza todo.

Muchos han tenido el premio entre las manos, lo que suponía un relanzamiento para una carrera, y el tiempo ha jugado en su contra. Tatum O’Neal, que fue la intérprete más joven en recibir el galardón por Luna de papel, está desaparecida del mapa. ¿La razón? Su coqueteo con las drogas. A la par, la cantante Cher obtuvo dos nominaciones en los 80 y una estatuilla por la segunda de estas (en Hechizo de luna), pero no supo encauzar su trayectoria. Es lo que se llama la maldición de los Oscar, que es el gafe de una industria puñetera que te olvida fácilmente y que te condena al ocaso, al crepúsculo… como al de los héroes de nuestra película.

El cine ha cambiado (lo dice Norma: “Son las películas las que se han quedado pequeñas”), pero la industria no. Hollywood sigue despreciando a sus mejores reliquias, que no se acostumbran a que la fama es efímera. Deberían leer alguna que otra de las Coplas de Jorge Manrique. El inesperado éxito del filme de Danny Boyle puede ser otro ejemplo de famas efímeras, pues no parece la cinta que vaya a perdurar en los anales de esta tan curiosa Historia que es la del medio cinematográfico.

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