Una anciana desaparece de repente en un tren en marcha y abarrotado de gente. A su joven acompañante (Margaret Lockwood) nadie la cree cuando pregunta si alguien la ha visto. Mientras tanto, un extraño herido entra en la siguiente estación, cuidado por una monja enfermera… que calza tacones. Y la señora mayor sigue sin aparecer. ¿Qué pasa aquí?
Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938) es el penúltimo filme de Alfred Hitchcock en su país de origen, Reino Unido, y una de sus obras maestras de esta etapa de su carrera, junto a 39 escalones y El hombre que sabía demasiado. Este trío sería el empujón definitivo y el mejor pasaporte de entrada a los Estados Unidos, donde David O’Selznick lo esperaba con los brazos abiertos en la RKO. La película que nos ocupa hoy cuenta la historia de una joven inglesa (Margaret Lockwood) que toma un tren con destino a Gran Bretaña. Antes de partir conocerá a una inocente institutriz (Dame May Whitty) con la que entablará una pequeña amistad. Cuando se vuelvan a reunir en el ferrocarril que las llevará a su país de origen, la señora desaparecerá misteriosamente. El resto de los pasajeros negarán haberla visto en el tren, pero nuestra protagonista contará con la ayuda de un apuesto caballero inglés (Michael Redgrave)para sus intrigantes y a la par divertidas pesquisas.
Para contar esta trepidante historia de intriga en estado puro, Hitchcock construyó en un estudio todos los vagones de tren donde se desarrolla la acción del filme, y colocó multitud de transparencias para semejar la sensación de movimiento: por todos es conocida la “manía” que el maestro del suspense tenía para rodar lo máximo posible en estudios, con el fin de controlar las cuestiones relacionadas con el sonido y la luz. En un principio, éste no era un proyecto designado a sir Alfred, pero una serie de complicaciones con el rodaje inicial hicieron apartar al primer director y otorgar el proyecto al realizador de Psicosis.
La película está dividida en dos partes muy bien diferenciadas. La primera de ellas es la que se desarrolla en un hostal y, aunque bastante lenta y tediosa, nos sirve para presentarnos a todos los personajes de la película; la segunda, que comienza alrededor de los cuarenta minutos, se desarrolla en su totalidad en el tren, y presenta una narración más ágil, que va in crescendo a la vez que los personajes de Lockwood y Redgrave buscan a la anciana institutriz por todo el tren (para el recuerdo, la divertida secuencia en el vagón de equipaje). Los últimos diez minutos de cinta (dura unos noventa) mantienen al espectador en un estado de permanente atención, sin despegar los ojos de la pantalla, mientras los acontecimientos, en el desenlace final, se desarrollan vertiginosamente. Y como en muchas de las películas del genio, el humor rebosa por todas sus secuencias.
Con un plantel de reconocidos actores británicos de la época (a los ya citados se unen nombres como Basil Radford o Paul Lukas), Alfred Hitchcock construyó un sólido filme que se encuentra entre los mejores de su etapa inglesa y que nada tiene que envidiar a algunas de las obras maestras de su filmografía estadounidense. Como siempre, os dejo con un fragmento de la película en versión original.
