Una ciudad dividida, marchita y degradada por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial es el marco en el que se desarrolla la acción de El tercer hombre (The third man, 1949), la adaptación que Carol Reed hizo de la novela homónima de Graham Greene.
La película cuenta la historia de Holly Martins (Joseph Cotten), un escritor estadounidense que arriba a una Viena destruida por la guerra en busca de su amigo Harry Lime (Orson Welles). A las órdenes de Lime trabajará Martins, en su empresa farmacéutica. Pero cuando llegue a la casa de su compatriota, se encontrará con una desagradable sorpresa: ha muerto. El día del entierro conocerá a Anne (Alida Valli), actriz y amante de Lime. Holly sospecha que su amigo sigue vivo, y comienza una investigación que le conducirá a derroteros inesperados.
El tercer hombre es otra de las películas que, tras la Segunda Guerra Mundial, quiso reflejar en el celuloide las consecuencias de tan dramático acontecimiento. A la reflexión, al estudio o a la simple contemplación de las devastadoras secuelas se le sumaron otros filmes como Los mejores años de nuestra vida (los veteranos) o Gilda (el colaboracionismo). En este caso, El tercer hombre habla del mercado negro y del estraperlo. El filme es fruto de una nueva colaboración entre Greene y Reed, que quedaron satisfechos mutuamente del trabajo en El ídolo caído. El largometraje del que hoy hablamos surgió cuando al director británico se le propuso realizar una película ambientada en la Viena dividida en cuatro zonas (una para cada vencedor de la Guerra: Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Gran Bretaña). El autor de El americano impasible, también llevada al cine, escribió la novela en primer lugar, y sobre ésta construyó el guión de la cinta. Para él, era más fácil redactar el guión a partir de la base de un relato. Incluso llegó a decir que la versión cinematográfica era mejor que el texto original, porque aquélla era “la versión definitiva”, según sus propias palabras, de la novela.
Considerada como la mejor película británica de todos los tiempos, la película se pasea por los temas de la moral y la lealtad con un tratamiento exquisito de la fotografía, en el que se nota la influencia de Welles en el trabajo del director. Escenas como la desarrollada en la noria de Viena o en las alcantarillas de la capital austriaca son ya míticas, como el tema de los títulos de crédito, tocado a la cítara por Anton Karas.

