Archivos de la categoría ‘Cine clásico’

Perdición


Parte de la maestría del director y guionista Billy Wilder reside en su capacidad para tocar todo tipo de géneros cinematográficos y hacerlo eficazmente. Así ocurrió con la comedia, con ejemplos como Primera plana o Con faldas y a lo loco, o con el melodrama, como sucede con la obra maestra sobre el cine El crepúsculo de los dioses. El cine negro tampoco se le iba a escapar; así, el realizador de Irma la dulce tuvo la ocasión de firmar una de las películas emblemáticas del género: Perdición.

Perdición (Double Indemnity, 1944) cuenta la historia de Walter Neff (Fred MacMurray) un agente de seguros que, en una visita a una casa para renovar la poliza de un coche, se queda prendado de la esposa del dueño del automóvil, Phyllis (Barbara Stanwyck, nominada al Oscar por este papel). Ella lo consigue convencer para que asesine a su marido, cobre una importante suma de dinero gracias al seguro que le habrán hecho firmar previamente y puedan huir juntos. El único impedimento es la profesionalidad de Barton Keyes (Edward G. Robinson), un compañero de trabajo de Walter altamente capacitado para localizar fraudes en los seguros.

Para el guión de Perdición, Billy Wilder y el escritor de novela negra Raymond Chandler (creador del personaje literario Philip Marlowe) se basaron en Pacto de sangre, un libro de James M. Cain (1936), otro de los grandes exponentes del género negro estadounidense. A su vez, Cain se había inspirado en un crimen real que tuvo lugar en 1927. Aunque las relaciones entre Wilder y Chandler fueron tirantes, ambos consiguieron escribir un guión donde se refleja a la perfección una atmósfera decadente y, como dice el título para la versión española, de perdición de sus protagonistas. El suspense y los personajes están perfectamente construidos, de tal forma que odiemos al interpretado por Stanwyck o nos maravillemos con el de Robinson.

Como curiosidad, os dejo un vídeo (en inglés sin subtítulos) en el que Billy Wilder explica por qué prescindió del final original de la película. Cuidado, porque tiene spoilers. Si habéis visto la película, ¿qué os pareció?

Fuente imagen: Allmovia.com

55 días en Pekín


Ava Gardner y Charlton Heston en la escena del baile de '55 días en Pekín'

Samuel Bronston también es parte de la historia del cine español; por ello aparece en el Diccionario del Cine Español, coordinado por José Luis Borau. Su nombre es sinónimo de superproducciones estadounidenses filmadas en España, de estrellas en Hollywood que forjaron parte de su leyenda en nuestro país. Hace unas semanas, el programa de RNE Documentos dedicó una de sus emisiones a este “imperio”. Entre las películas de las que se responsabilizó se encuentran títulos como El cid, Rey de reyes, Doctor Zhivago o 55 días en Pekín. Hoy vamos a hablar de esta última.

55 días en Pekín (55 days at Peking, 1963) cuenta una historia real: la del sitio al que estuvieron sometidos las embajadas extranjeras en la capital china en 1900, atacados por los bóxers y a la espera de que una misión extranjera llegara para ayudarlos. Encerrados, tendrán que sobrevivir a los ataques capitaneados por Matt Lewis (Charlton Heston) y el embajador británico (David Niven). Todos tendrán que luchar mientras los víveres y los medicamentos se van acabando.

La caída del imperio romano iba a ser la siguiente película de Bronston en España tras Rey de reyes, dirigida por Nicholas Ray. Los decorados ya estaban construidos en la localidad madrileña de Las Matas y el protagonista, Charlton Heston, decidido. Pero éste no quería embaucarse en el proyecto sin tener el guión definitivo. Así, Bronston ordenó que destruyeran los decorados y construyesen los llamados a reproducir el Pekín de 1900. Para dirigir 55 días en Pekín volvió a contar con Ray. Junto a Heston y Niven, Ava Gardner protagonizó la película. Los problemas de la actriz con el alcohol los compartió con el realizador. Eso y los reproches de la Gardner durante el rodaje debilitaron a Ray hasta el punto de que una crisis cardiaca lo apartó del rodaje. Tuvieron que ser otros directores los que terminaran la superproducción.

55 días en Pekín es una más de esas superproducciones propias del cine estadounidense de los años 60. Estrellas interpretativas, historias de largo metraje y suntuosos decorados son tres de sus premisas. El filme ofrece una historia atractiva aderezada con múltiples escenas de acción y subtramas (la historia de amor entre los personajes de Gardner y Heston, la hija húerfana del capitán francés…) para mantener al espectador atento durante los 140 minutos de duración de la película. A pesar de ello, al guion le falla algo, en mi opinión; creo que la historia de amor no está bien desarrollada y que debería haberse centrado más en la supervivencia de los embajadores y sus familias. Aun así, 55 días en Pekín resulta un agradable entretenimiento y también sirve para comprobar cómo era la fastuosidad de un cine cuya forma de producir se fue apagando poco a poco. ¿La habéis visto? ¿Qué os parece? Os dejo con algunas escenas de la película:

Imagen: Jazzineando

La mejor secuencia de El hombre que sabía demasiado (1956)


Alfred Hitchcock era un director que quería llegar al público. Siempre, siempre quería hacer películas que llevaran a las personas a las butacas de cine, donde él les haría pasar miedo, terror, inquietud. El sabía mejor que nadie qué era eso del suspense, cómo mantener atrapado al espectador en su asiento. El montaje y la duración de los planos eran dos de sus aliados. Y aquí tenemos un ejemplo de ello.

Londres, Albert Hall. Jo McKeena (Doris Day) va al Albert Hall para intentar detener el asesinato de un alto diplomático extranjero. El asesino, que la conoce, le advierte que su hijo secuestrado salvará la vida si ella se mantiene en silencio.

Comienza la Storm Cloud Cantata (Cantata del nubarrón), de Arthur Benjamin. Jo ve cómo el asesino se está preparando para ejecutar su crimen. Mientras tanto, el efecto de un calmante se le está pasando. Se le ve angustiada, excitada… ¿Qué pasará?

Nueve de los minutos más tensos de toda la filmografía del genio del suspense en una de sus películas menos comentadas: El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much). Disfrútenlos.

El reflejo fílmico de una Guerra (II): ¡Qué bello es vivir!


Cartel de la película ¡Qué bello es vivir!

Poco nuevo se puede decir de ¡Qué bello es vivir!. El clásico de Frank Capra (director de Arsénico por compasión, de la que ya hablamos aquí). Se repone todos los años por Navidad, gracias a un descuido a la hora de renovar sus derechos de emisión, y su influencia en el imaginario colectivo se ha mantenido hasta hoy. Así, en el capítulo Milagro en Evergreen Terrace, de Los Simpson, son varias las referencias al filme.

¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!, 1946) cuenta la historia de George Bayle (James Stewart), un humilde y bondadoso banquero muy querido en Beldford Falls. Con una familia que lo adora, una noche de Navidad decide suicidarse, tirándose desde un puente al helado río. Desde el cielo, Dios contempla la escena y manda a Clarence (Henry Travers, el padre de La sombra de una duda, de Alfred Hitchcock), un fallecido  que está buscando sus alas para llegar a ser un ángel. Si consigue qe no se arroje, obtendrá su preciado deseo.

Las referencias al Cuento de Navidad de Charles Dickens son más que obvias. Con este relato, Capra quiso construir otra de sus historias positivas y optimistas, a la manera de las que realizaba antes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la gente estaba desencantada tras el conflicto y optó por otros filmes más desangeladores como Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler. La intención de Capra no era más que ésta:

No la hice para los críticos aburridos ni para los intelectuales pedantes. La hice para la gente sencilla como yo; gente que quizás había perdido a su marido, o a su padre, o a su hijo; gente que estaba a punto de perder la ilusión de soñar, y a la que había que decirle que ningún hombre es un fracasado.

En definitiva, dar un soplo de aire fresco a una población desanimada por el resultado del conflicto. Sin embargo, esta población no supo comprender el mensaje de la película, que no triunfó entre crítica y público hasta muchos años después, cuando empezó a ser programada en la televisión hasta la saciedad; sobre todo, en Estados Unidos.

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