Cartel de la película "Plácido", de Luis García Berlanga
“Siente a un pobre en su mesa”. Con tan atractivo eslogan, una asociación de mujeres (capitaneadas por el personaje de Amelia de la Torre) y una empresa de ollas van a llevar a cabo una campaña navideña en una pequeña ciudad de provincias. La intención es que, en Nochebuena, cada una de las familias pudientes lleve a uno de estos necesitados a cenar a su casa. Además, para tan particular celebración, la organización ha traído a una serie de artistas desde Madrid. Mientras tanto, Plácido (Cassen), un humilde trabajador contratado para la ocasión, tiene que ir a contrarreloj para pagar la última letra de su motocarro si no quiere que se lo quiten.
Cassen y José Luis López Vázquez
Plácido fue la primera colaboración entre el guionista Rafael Azcona y Berlanga. Juntos, retratan a una provinciana sociedad burguesa decadente y falta de valores, que busca en la solidaridad una forma de redimirse ellos mismos, de parecer caritativos a pesar de su riqueza, que los coloca en otro escalón del escalafón social. Mientras Cassen intenta hacer cobrar la última letra del motocarro en la fría noche del nacimiento de Jesús, es testigo de estos ejemplos de hipocresía. El villancico del final es muy significativo: En este mundo nunca ha habido caridad… ni la habrá.
Con Plácido, Berlanga comienza a utilizar el plano-secuencia en sus películas (llevado a la máxima expresión en, por ejemplo, La escopeta nacional o Todos a la cárcel) y a nutrirse de un amplio reparto para hacer realidad su crítica social. A Cassen y a Amelia de la Torre lo acompañan José Luis López Vázquez, Antonio Ferrandis, Manuel Alexandre, Amparo Soler Leal o Luis Ciges, que se convertirían en corrientes de sus películas posteriores.
Os dejo con unas declaraciones de Luis García Berlanga sobre Plácido. Si la habéis visto, ¿qué opináis sobre ella?
En 1985, Georges Méliès asistió en París a una de las primeras proyecciones del cinematógrafo de los hermanos Lumière. Asombrado, y conjeturando el potencial que podía tener el nuevo invento, compró uno de ellos para hacer fortuna.
Méliès fue el primer padre del cine tal y como lo conocemos hoy en día, más allá de los paleomontajes de los primeros años el cinematógrafo. Innovó sobremanera en el terreno de los efectos especiales al descubrir, casi por casualidad, los resultados de la sobreexposición fílmica. Es lo que se llama “el paso de la manivela“, y que podemos ver en estos dos cortometrajes, El melómano (1903) y El hombre orquesta (1900):
Pero su obra más importante es Viaje a la Luna (Voyage à la Lune, 1902), una fantasía inspirada en las novelas De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, y The First Man on the Moon, de H. G. Wells. Sobran las palabras. Juzguen por ustedes mismos:
Con una puesta en escena tomada del teatro, la película cuenta la historia de unos científicos que desean viajar al satélite terrestre. Allí tendrán que pelear con los selenitas, los habitantes lunares, para finalmente regresar a la Tierra. De Viaje a la Luna merece la pena destacar los efectos especiales y la escenografía, totalmente innovadora y sorprendente para la época de la que estamos hablando. Además, la historia estaba dividida en escenas, algo que todavía se mantiene en el cine de hoy en día. Méliès se erigió así como uno de los primeros padres del cine y uno de sus primeros virtuosos. Lástima que su vida acabara en el más absoluto anonimato, olvidado por casi todos y vendiendo chucherías en un parque parisino.
Poco nuevo se puede decir de ¡Qué bello es vivir!. El clásico de Frank Capra (director de Arsénico por compasión, de la que ya hablamos aquí). Se repone todos los años por Navidad, gracias a un descuido a la hora de renovar sus derechos de emisión, y su influencia en el imaginario colectivo se ha mantenido hasta hoy. Así, en el capítulo Milagro en Evergreen Terrace, de Los Simpson, son varias las referencias al filme.
¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!, 1946) cuenta la historia de George Bayle (James Stewart), un humilde y bondadoso banquero muy querido en Beldford Falls. Con una familia que lo adora, una noche de Navidad decide suicidarse, tirándose desde un puente al helado río. Desde el cielo, Dios contempla la escena y manda a Clarence (Henry Travers, el padre de La sombra de una duda, de Alfred Hitchcock), un fallecido que está buscando sus alas para llegar a ser un ángel. Si consigue qe no se arroje, obtendrá su preciado deseo.
Las referencias al Cuento de Navidad de Charles Dickens son más que obvias. Con este relato, Capra quiso construir otra de sus historias positivas y optimistas, a la manera de las que realizaba antes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la gente estaba desencantada tras el conflicto y optó por otros filmes más desangeladores como Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler. La intención de Capra no era más que ésta:
No la hice para los críticos aburridos ni para los intelectuales pedantes. La hice para la gente sencilla como yo; gente que quizás había perdido a su marido, o a su padre, o a su hijo; gente que estaba a punto de perder la ilusión de soñar, y a la que había que decirle que ningún hombre es un fracasado.
En definitiva, dar un soplo de aire fresco a una población desanimada por el resultado del conflicto. Sin embargo, esta población no supo comprender el mensaje de la película, que no triunfó entre crítica y público hasta muchos años después, cuando empezó a ser programada en la televisión hasta la saciedad; sobre todo, en Estados Unidos.
Elia Kazan le pidió a Richard Day, el director artístico de Un tranvía llamado deseo, que intentara reproducir en los decorados de la película el calor y la humedad asfixiantes que había en el Nueva Orleans creado para la escena teatral. La intención del director de La ley del silencio era trasladar a la pantalla, mediante los sets, al decadencia y podredumbre de los personajes y situaciones de la obra de Tennessee Williams. Y lo consiguió. Sin embargo, las perfectas y rememorables interpretaciones de un cuarteto de actores sublime hizo sombra al trabajo de Day (galardonado con un Oscar) para transmitir del mismo modo, si no mejor, esa decadencia, la de unos personajes corrompidos por dentro. Y con ello, dieron a luz un nuevo clásico en la Historia del Cine.
Un tranvía llamado deseo (A streetcar named desire, 1951) comienza con la llegada de Blanche Dubois (Vivien Leigh, la protagonista de Lo que el viento se llevó) a la ciudad de Nueva Orleans, donde acude para pasar unos días en casa de su hermana Stella (Kim Hunter). Allí, Blanche queda impresionada por la figura de su cuñado Stanley (Marlon Brando), un tosco polaco de impresionante físico. Una noche, conocerá a Mitch (Karl Malden, fallecido hace unos meses), un compañero de trabajo de Stanley del que se enamora. Mientras tanto, la presencia de Blanche en la casa se le hará a Stanley más y más incómoda…
El filme de Kazan supuso el alzamiento cinematográfico de un actor que ya devoraba los escenarios de Broadway, Marlon Brando. Su fuerza incontenible, derrochada en el celuloide, era fruto de su intenso entrenamiento en las tablas y en el Actor’s Studio, la escuela de interpretación que lanzó al estrellato a toda una pléyade de actores con talento. Precisamente, el propio Kazan había sido uno de los impulsores de esta iniciativa, junto a Robert Lewis y Lee Strasberg. Entre sus postulados, estaba el fomento de la improvisación en el actor y que éste fuera natural, que no fingiera y sintiera en su interior lo que le pasaba a su personaje.
Tennessee Williams, el autor de la obra, adaptó a la pantalla su propia historia una vez que Kazan se dio cuenta de que su versión del guión no estaba a la altura del texto original, que él mismo había dirigido en los escenarios de Nueva York. Ésta fue la segunda obra de Williams, uno de los dramaturgos estadounidenses más importantes del siglo XX, en llevarse a la pantalla, tras El zoo de cristal; a ella le seguirían Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc o La noche de la iguana, entre otras.
Si algo hay que destacar de esta película, uno de los clásicos más recordados de la Historia del Cine, es las interpretaciones de sus protagonistas. Ya hemos hablado de Brando, que interpreta a un grosero y maleducado trabajador violento y borracho. Sin un atisbo de dulzura, el protagonista de El Padrino repite el papel de Broadway, de la misma manera que los soberbios Kim Hunter y Karl Malden. Sin embargo, Kazan no pudo llevarse a Hollywood a Jessica Tandy (la opresiva Lydia Brenner de Los pájaros, de Alfred Hitchcock), que se caracterizó de Blanche Dubois en las tablas; en su lugar, los productores impusieron a Vivien Leigh. El director no estaba muy convencido de su valía para el papel, pero finalmente quedó satisfecho de su actuación. El resultado: tanto Leigh como Hunter y Malden se llevaron sendos Oscars por sus interpretaciones de unos personajes decadentes. El único que no recibió estatuilla fue Marlon Brando, al que Humphrey Bogart se la arrebató por La reina de África, de John Huston.
Tanto en la pantalla como en el teatro, siempre hay un buen momento para recuperar Un tranvía llamado deseo, una de las obras dramáticas más importantes de la literatura estadounidense del siglo XX y una película clave en la retina del imaginario colectivo de la cultura de masas. ¿Por qué? Por la imagen del animal de Marlon Brando en camiseta, de la que, años más tarde, Tennessee Williams diría que era uno de sus recuerdos más eróticos.