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El Viaje a la Luna de Georges Méliès

Octubre 2, 2009

En 1985, Georges Méliès asistió en París a una de las primeras proyecciones del cinematógrafo de los hermanos Lumière. Asombrado, y conjeturando el potencial que podía tener el nuevo invento, compró uno de ellos para hacer fortuna.

Méliès fue el primer padre del cine tal y como lo conocemos hoy en día, más allá de los paleomontajes de los primeros años el cinematógrafo. Innovó sobremanera en el terreno de los efectos especiales al descubrir, casi por casualidad, los resultados de la sobreexposición fílmica. Es lo que se llama “el paso de la manivela“, y que podemos ver en estos dos cortometrajes, El melómano (1903) y El hombre orquesta (1900):

Pero su obra más importante es Viaje a la Luna (Voyage à la Lune, 1902), una fantasía inspirada en las novelas De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, y The First Man on the Moon, de H. G. Wells. Sobran las palabras. Juzguen por ustedes mismos:

Con una puesta en escena tomada del teatro, la película cuenta la historia de unos científicos que desean viajar al satélite terrestre. Allí tendrán que pelear con los selenitas, los habitantes lunares, para finalmente regresar a la Tierra. De Viaje a la Luna merece la pena destacar los efectos especiales y la escenografía, totalmente innovadora y sorprendente para la época de la que estamos hablando. Además, la historia estaba dividida en escenas, algo que todavía se mantiene en el cine de hoy en día. Méliès se erigió así como uno de los primeros padres del cine y uno de sus primeros virtuosos. Lástima que su vida acabara en el más absoluto anonimato, olvidado por casi todos y vendiendo chucherías en un parque parisino.

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El reflejo fílmico de una Guerra (II): ¡Qué bello es vivir!

Septiembre 11, 2009

Cartel de la película ¡Qué bello es vivir!

Poco nuevo se puede decir de ¡Qué bello es vivir!. El clásico de Frank Capra (director de Arsénico por compasión, de la que ya hablamos aquí). Se repone todos los años por Navidad, gracias a un descuido a la hora de renovar sus derechos de emisión, y su influencia en el imaginario colectivo se ha mantenido hasta hoy. Así, en el capítulo Milagro en Evergreen Terrace, de Los Simpson, son varias las referencias al filme.

¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!, 1946) cuenta la historia de George Bayle (James Stewart), un humilde y bondadoso banquero muy querido en Beldford Falls. Con una familia que lo adora, una noche de Navidad decide suicidarse, tirándose desde un puente al helado río. Desde el cielo, Dios contempla la escena y manda a Clarence (Henry Travers, el padre de La sombra de una duda, de Alfred Hitchcock), un fallecido  que está buscando sus alas para llegar a ser un ángel. Si consigue qe no se arroje, obtendrá su preciado deseo.

Las referencias al Cuento de Navidad de Charles Dickens son más que obvias. Con este relato, Capra quiso construir otra de sus historias positivas y optimistas, a la manera de las que realizaba antes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la gente estaba desencantada tras el conflicto y optó por otros filmes más desangeladores como Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler. La intención de Capra no era más que ésta:

No la hice para los críticos aburridos ni para los intelectuales pedantes. La hice para la gente sencilla como yo; gente que quizás había perdido a su marido, o a su padre, o a su hijo; gente que estaba a punto de perder la ilusión de soñar, y a la que había que decirle que ningún hombre es un fracasado.

En definitiva, dar un soplo de aire fresco a una población desanimada por el resultado del conflicto. Sin embargo, esta población no supo comprender el mensaje de la película, que no triunfó entre crítica y público hasta muchos años después, cuando empezó a ser programada en la televisión hasta la saciedad; sobre todo, en Estados Unidos.

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Un tranvía llamado deseo

Agosto 20, 2009

Elia Kazan le pidió a Richard Day, el director artístico de Un tranvía llamado deseo, que intentara reproducir en los decorados de la película el calor y la humedad asfixiantes que había en el Nueva Orleans creado para la escena teatral. La intención del director de La ley del silencio era trasladar a la pantalla, mediante los sets, al decadencia y podredumbre de los personajes y situaciones de la obra de Tennessee Williams. Y lo consiguió. Sin embargo, las perfectas y rememorables interpretaciones de un cuarteto de actores sublime hizo sombra al trabajo de Day (galardonado con un Oscar) para transmitir del mismo modo, si no mejor, esa decadencia, la de unos personajes corrompidos por dentro. Y con ello, dieron a luz un nuevo clásico en la Historia del Cine.

Un tranvía llamado deseo (A streetcar named desire, 1951) comienza con la llegada de Blanche Dubois (Vivien Leigh, la protagonista de Lo que el viento se llevó) a la ciudad de Nueva Orleans, donde acude para pasar unos días en casa de su hermana Stella (Kim Hunter). Allí, Blanche queda impresionada por la figura de su cuñado Stanley (Marlon Brando), un tosco polaco de impresionante físico. Una noche, conocerá a Mitch (Karl Malden, fallecido hace unos meses), un compañero de trabajo de Stanley del que se enamora. Mientras tanto, la presencia de Blanche en la casa se le hará a Stanley más y más incómoda…

El filme de Kazan supuso el alzamiento cinematográfico de un actor que ya devoraba los escenarios de Broadway, Marlon Brando. Su fuerza incontenible, derrochada en el celuloide, era fruto de su intenso entrenamiento en las tablas y en el Actor’s Studio, la escuela de interpretación que lanzó al estrellato a toda una pléyade de actores con talento. Precisamente, el propio Kazan había sido uno de los impulsores de esta iniciativa, junto a Robert Lewis y Lee Strasberg. Entre sus postulados, estaba el fomento de la improvisación en el actor y que éste fuera natural, que no fingiera y sintiera en su interior lo que le pasaba a su personaje.

Tennessee Williams, el autor de la obra, adaptó a la pantalla su propia historia una vez que Kazan se dio cuenta de que su versión del guión no estaba a la altura del texto original, que él mismo había dirigido en los escenarios de Nueva York. Ésta fue la segunda obra de Williams, uno de los dramaturgos estadounidenses más importantes del siglo XX, en llevarse a la pantalla, tras El zoo de cristal; a ella le seguirían Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc o La noche de la iguana, entre otras.

Si algo hay que destacar de esta película, uno de los clásicos más recordados de la Historia del Cine, es las interpretaciones de sus protagonistas. Ya hemos hablado de Brando, que interpreta a un grosero y maleducado trabajador violento y borracho. Sin un atisbo de dulzura, el protagonista de El Padrino repite el papel de Broadway, de la misma manera que los soberbios Kim Hunter y Karl Malden. Sin embargo, Kazan no pudo llevarse a Hollywood a Jessica Tandy (la opresiva Lydia Brenner de Los pájaros, de Alfred Hitchcock), que se caracterizó de Blanche Dubois en las tablas; en su lugar, los productores impusieron a Vivien Leigh. El director no estaba muy convencido de su valía para el papel, pero finalmente quedó satisfecho de su actuación. El resultado: tanto Leigh como Hunter y Malden se llevaron sendos Oscars por sus interpretaciones de unos personajes decadentes. El único que no recibió estatuilla fue Marlon Brando, al que Humphrey Bogart se la arrebató por La reina de África, de John Huston.

Tanto en la pantalla como en el teatro, siempre hay un buen momento para recuperar Un tranvía llamado deseo, una de las obras dramáticas más importantes de la literatura estadounidense del siglo XX y una película clave en la retina del imaginario colectivo de la cultura de masas. ¿Por qué? Por la imagen del animal de Marlon Brando en camiseta, de la que, años más tarde, Tennessee Williams diría que era uno de sus recuerdos más eróticos.

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El reflejo fílmico de una Guerra (I): El tercer hombre

Julio 24, 2009
Joseph Cotten, en un fotograma de El tercer hombre, ante la noria de Viena

Joseph Cotten, en un fotograma de "El tercer hombre", ante la noria de Viena

Una ciudad dividida, marchita y degradada por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial es el marco en el que se desarrolla la acción de El tercer hombre (The third man, 1949), la adaptación que Carol Reed hizo de la novela homónima de Graham Greene.

La película cuenta la historia de Holly Martins (Joseph Cotten), un escritor estadounidense que arriba a una Viena destruida por la guerra en busca de su amigo Harry Lime (Orson Welles). A las órdenes de Lime trabajará Martins, en su empresa farmacéutica. Pero cuando llegue a la casa de su compatriota, se encontrará con una desagradable sorpresa: ha muerto. El día del entierro conocerá a Anne (Alida Valli), actriz y amante de Lime. Holly sospecha que su amigo sigue vivo, y comienza una investigación que le conducirá a derroteros inesperados.

Graham Greene

El tercer hombre es otra de las películas que, tras la Segunda Guerra Mundial, quiso reflejar en el celuloide las consecuencias de tan dramático acontecimiento. A la reflexión, al estudio o a la simple contemplación de las devastadoras secuelas se le sumaron otros filmes como Los mejores años de nuestra vida (los veteranos) o Gilda (el colaboracionismo). En este caso, El tercer hombre habla del mercado negro y del estraperlo. El filme es fruto de una nueva colaboración entre Greene y Reed, que quedaron satisfechos mutuamente del trabajo en El ídolo caído. El largometraje del que hoy hablamos surgió cuando al director británico se le propuso realizar una película ambientada en la Viena dividida en cuatro zonas (una para cada vencedor de la Guerra: Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Gran Bretaña). El autor de El americano impasible, también llevada al cine, escribió la novela en primer lugar, y sobre ésta construyó el guión de la cinta. Para él, era más fácil redactar el guión a partir de la base de un relato. Incluso llegó a decir que la versión cinematográfica era mejor que el texto original, porque aquélla era “la versión definitiva”, según sus propias palabras, de la novela.

Considerada como la mejor película británica de todos los tiempos, la película se pasea por los temas de la moral y la lealtad con un tratamiento exquisito de la fotografía, en el que se nota la influencia de Welles en el trabajo del director. Escenas como la desarrollada en la noria de Viena o en las alcantarillas de la capital austriaca son ya míticas, como el tema de los títulos de crédito, tocado a la cítara por Anton Karas.